Séneca se ha subido al diecisiete; ha dejado los mandaos en una esquina, se ha sentado junto a mí y le ha dicho a una chica que tenga cuidado, no vaya a pisar las chirimoyas; a aplastar las chirimoyas.
Luego ha empezado a hablar de los hijoputas del gobierno y de los hijoputas de los sindicalistas y ha recordado que antes estaban los del vertical y ha creído que los de ahora no son mucho mejor.
Yo leo a Martín Caparrós, justo en ese comienzo en el que avanza río arriba, “en esa posición inverosímil que las personas sabemos conseguir en las hamacas: despatarradas”.
Despatarrada es la palabra. Despatarradas, las palabras.
Séneca también se sienta pelín despatarrado; cómodo, abierto y me roza con un brazo velludo y tatuado. Mira el libro de Martín Caparrós y me pregunta si puedo leer esas letras tan pequeñas. Le doy la razón. Le digo que sí, que me cuesta, pero que hay otros libros con las letras diminutas.
-Yo me leí los doce tomos de Caballo de Troya-, dice -Pero ya no puedo. Cada vez veo peor.
Dudo de que Caballo de Troya llegara al duodécimo volumen, pero no se lo digo. Bromeo con lo del libro y las letras y comento que cualquier día necesitaré una lupa.
-¡Una lupa! Yo me compré una lupa en los chinos. Por 0,60. No me la compré para leer. Me la compré para mirar los muñequitos de los semáforos, pero no sirvió de mucho. ¡Los chinos!-, dice
Me intento imaginar a Séneca apuntando a los muñecos de los semáforos con una lupa grande, como un Sherlock Holmes desfondado, despatarrado en la acera.
-Las cosas de los chinos no suelen durar-, le digo.
-Cuidado con las chirimoyas-, le dice a la chica. Y Luego: -¡Los chinos!
-Pero trabajan mucho-, rectifico.
-Sí. Esos no van a la huelga. Ayer salió un chino en la tele y decía que él no iba a la huelga. Ellos tienen una mentalidad más constituida que nosotros, con todos los que son. Mira que son criaturas. La mujer que vende cupones en el Hospital Civil le preguntó a un chino que cuantos hijos tenía. Y él dijo: “solo dos”. Ya ves, con los que son allí. Cuanta más pobreza más son. Es así. La vida es así-, dice y deja caer con fuerza las dos manos sobre las rodillas desnudas y llenas de pelos grises.

Lleva un pantalón corto y una sandalias que dejan al descubierto las uñas duras y amarillas de tantos años. Séneca desparramado. Séneca desarrapado. Son uñas que ya no se pueden cortar con tijeras; que hay que ablandar en agua antes de intentarlo con las tenacillas. Yo tengo un par de esas. En los dedos pequeños de los pies. En esas uñas me reconozco en mi padre. También ahí.
Lleva un pantalón corto y una sandalias que dejan al descubierto las uñas duras y amarillas de tantos años. Séneca desparramado. Séneca desarrapado. Son uñas que ya no se pueden cortar con tijeras; que hay que ablandar en agua antes de intentarlo con las tenacillas. Yo tengo un par de esas. En los dedos pequeños de los pies. En esas uñas me reconozco en mi padre. También ahí.
Séneca dice que está que rabia, porque aún no se ha puesto la insulina. Desde las seis y media de la mañana que salió de casa, para andar. Ha ido por la Roda Suárez, por Carlinda y ha comprado los mandaos, para andar.
-Para volver, ya no. Para volver he cogido el autobús.
Ha cogido el diecisiete.
Seneca suspira o exhala o supira y exhala y medio grita ronco hacia afuera. Cuenta que cuando llegue a casa y se ponga la insulina se va a tomar un café con un trozo de pan integral, por el tema de los hidratos de carbono. Lo dice así: “por los hidratos”
-Y listo. Luego, por la noche, un poco de verdura. Cuidado con las chirimoyas, preciosa.
Séneca llegó a pesar 130 kilos y a levantar 200 kilos “a press”.
-Pero ahor ya no. Estoy caducado-, afirma.
Séneca desfondado. Con diez dólares en el banco. Eso dice; que tiene diez dólares. En el banco. Para el pan.
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